martes, 18 de febrero de 2014


LA ACEPTACION
                 IDENTIFICANDO EL PROPOSITO DIVINO                
Artículo publicado en Revista Luz Universal, Diciembre de 2001 y basado en el libro “El Camino del Aspirante Espiritual” de Angela María La Sala Bata 

Lo que distingue esencialmente al aspirante espiritual  del hombre común es el deseo de mejorarse, de elevarse y de saber, o intuir que hay una meta a ser alcanzada y que la humanidad está en continua evolución. El caminante consciente de esta verdad, decide entonces purificar los vehículos de su personalidad y luego pasa a la segunda fase de la obra de su formación, que es la de la construcción y la del desarrollo de cualidades y facultades, aptas para crear en él una vibración más elevada y un crecimiento de su consciencia. Una de esas cualidades es la aceptación, que parece fundamental y esencial para la obra de preparación de una personalidad dispuesta siempre para la naturaleza espiritual.


La vida humana está sembrada aparentemente de pruebas, de dificultades, de sufrimientos. Todavía, el dolor es necesario e inevitable, pues constituye, para muchos, el propio camino evolutivo. Esas duras disciplinas a las cuales nos sometemos, son necesarias para que poco a poco, aprendamos a romper el molde establecido y a reconocer la divinidad que tenemos latente en nosotros. Por otro lado, existen leyes justas e inmutables que tienen, todas ellas, la meta de conducir a la humanidad, de los grados más bajos de la escala evolutiva hasta la más alta espiritualidad y a la realización del verdadero Yo. Y para entender correctamente cuál debería ser la actitud interior a cultivar, a fin de comprender plenamente el significado de todas las pruebas que nos vienen al encuentro, y de ellas extraer la verdadera enseñanza espiritual, debemos desarrollar la cualidad de la aceptación.


Quien analice el origen de tal palabra, verá que ella deriva del latín "accipio, is, acepi, acceptum, acciperi", que significa, acoger, recibir, aceptar. Por lo tanto aceptación significa, acoger, recibir algo que ocurre, que nos viene al encuentro. En otras palabras significa "aceptar la voluntad de nuestro Yo Real, esa sublime esencia que vive latente en cada ser y en todo el universo”. De acuerdo con lo anterior, el primer requisito para aceptar, es estar convencido de que existe un Querer Superior, un Propósito Divino, un Plan para la Humanidad. Así se podrá entender, que todo lo que sucede a las personas o a la colectividad, es nada más que un medio para conducir a la realización de ese propósito, de ese plan. Nada por lo tanto, acontece por casualidad, pero todo tiene una causa, una finalidad justa, benéfica y constructiva. Si de eso tuviéramos una certeza profunda y una convicción interior, sería fácil adquirir la cualidad de la aceptación, que en realidad no es otra cosa que la "colaboración consciente de la voluntad humana con la Voluntad Divina”. En vez de eso, la voluntad humana se acoge a los dictados  de las fuerzas emocionales, mentales, físicas y vitales, que se han formado durante el proceso evolutivo y que están en contraste con la Voluntad Divina, expresada por el Yo Real. El hombre se apega a la voluntad de ese conjunto de energías, también conocidas como yo inferior, se identifica con ellas, y se siente en perenne conflicto con el Yo Real, que en realidad, lo único que desea es conducirlo hacia el camino de la elevación y del servicio altruísta. La personalidad o naturaleza inferior, en el sentido que no es manejada por el Espíritu, no se debe considerar como un "yo", sino apenas como un instrumento de él.

 

Un hombre común está inmerso en el mundo de la ilusión, de lo irreal, y crea para él finalidades equivocadas; desea cosas que no siempre están en armonía con las leyes de la evolución; quiere la felicidad terrena, la satisfacción personal, en vez de volverse al verdadero objetivo de la vida: la realización del Yo Espiritual. La voluntad humana, por lo tanto, persigue fines egoístas, ambiciosos y de separación. La Voluntad de Dios, por el contrario, se vuelve siempre para fines altruistas, impersonales, amplios y universales. Si colocamos nuestra voluntad personal al servicio de la Voluntad del Espíritu podremos iniciar, con plena consciencia, el camino de ascensión hacia Dios, y llamarnos verdaderos aspirantes espirituales. No sabemos reconocer la Voluntad del Espíritu, pues éste no se puede manifestar claramente, directamente, ya que no tenemos contacto firme con él; no existe un alineamiento continuo y perfecto entre nuestras energías constitutivas y nuestro Yo Real.

 

Es por eso por lo que el Espíritu está constreñido a expresarse por medio de señas, de indicaciones veladas, entre las circunstancias de nuestra vida y por las personas que encontramos en nuestro camino. Podríamos decir que todo acontecimiento es, en realidad, un símbolo de la Voluntad del Yo Real. Aceptación, por lo tanto, significa acoger todo lo que sucede, toda provocación como una expresión simbólica y velada de la Voluntad Superior, la cual es siempre justa y benéfica, aunque no la sepamos reconocer. Como escribía León Tolstoi: "Nos irritamos contras las circunstancias, nos amargamos y desearíamos cambiar, mientras que todos los acontecimientos de la vida son nada más que una advertencia de cómo debemos actuar en las diversas circunstancias". Esta frase expresa que todo acontecimiento tiene un significado oculto, toda provocación encierra una enseñanza y la aceptación no se puede alcanzar mientras no se tenga esa convicción. Debemos comprender que, si algo va mal, eso significa que no lo supimos hacer de modo correcto, o mejor dicho, del modo que desea nuestro Espíritu, para los fines de la evolución. La aceptación, por lo tanto, está en la obediencia al querer Superior y en la paciencia de saber esperar que todo se resuelve para el bien.

 

Dios no se divierte infligiendo sufrimiento, o como decía Albert Einstein: "Dios no juega a los dados con el mundo". El destino no es fuerza ciega ni cruel. Existe apenas justicia, amor e inteligencia y, por lo tanto, nada de lo que se pueda comprender puede ser injusto, malo o absurdo. Un hombre desea fervientemente trabajar en algo que él cree, será su medio de sustento. Se lanza entonces a la búsqueda de las oportunidades que lo conducirán a su meta. Estudiará y se capacitará para ello. Probablemente en los primeros años vea resultados benéficos. Sin embargo, con el paso del tiempo, comienzan las dificultades: incumplimientos en las entregas, trabajadores deshonestos, socios aprovechados y que han sacado parte de las utilidades, deudas que no se han podido cancelar, etc. Comienza entonces una lucha por solucionar sus problemas: cambio de lugar de trabajo, nuevos socios y empleados, préstamos bancarios para cancelar algunas deudas, y a pesar de ello, se mantienen los mismos problemas: nuevos robos, nuevas estafas, pocas ventas, falta de dinero, que puede incluso impedir suplir algunas necesidades básicas. Al principio habrá rebelión y una búsqueda frenética por encontrar los posibles culpables. Visitará teguas, brujos, videntes y hará todo lo posible por mantenerse en el lugar que él cree que le corresponde. Cuando pasa el tiempo y su futuro se ve oscuro e incierto, y deja de mirar hacia afuera, preguntándose interiormente si existe alguna fuerza que lo impulsa hacia otra dirección, probablemente vea una luz de esperanza que lo movilice en otra dirección. Quizá se pregunte la razón por la cual el Universo conspiró contra sus ambiciones y se convenza de que ese trabajo no es para él. Comienza una etapa de aceptación, de resignación, pero no de tipo paralizante sino de movimiento en una nueva dirección. Entonces buscará otro tipo de empleo y si es necesario se capacitará nuevamente. Este hombre resignado, que ha soportado con valor la dura prueba experimentada y que ha aceptado su vida, irá liberándose y encontrará la ruta que le tiene preparada su naturaleza divina para un mayor crecimiento espiritual. Este es sólo uno de los muchos ejemplos; igual sucede con amores no correspondidos, parejas inestables, hijos rebeldes, familias conflictivas, enfermedades crónicas o agudas, etc.

 

Entonces, si nos obstinamos frecuentemente, insistiendo por un cierto camino, y a pesar de las dificultades y repetidas desilusiones, aún así seguimos por él, no queremos armonizarnos con la voluntad del Espíritu que tal vez desea conducirnos a una meta distinta, o que probablemente quiere mostrarnos que estamos bajo una actitud errada, siendo las desilusiones una advertencia, que nos quiere hacer comprender nuestras fallas y errores. Desearíamos comprender claramente el significado de los acontecimientos, pero nos olvidamos que lo sucedido en un momento dado de nuestra vida, es apenas un fragmento de un mosaico mayor o fracción mínima del tiempo, que debe ser insertada en el ciclo mayor, que abarca una secuencia infinita de tales fracciones, y que es el tiempo Eterno e Infinito. Es decir, que los acontecimientos actuales son efectos de acciones pasadas y ellas forman una serie de experiencias que hemos acumulado en muchas vidas. Es preciso, por lo tanto, saber esperar confiadamente y obedecer, no ciegamente, pero sí con aquella medida de consciencia y de comprensión que nos es dado alcanzar. El peligro a evitar es el de caer en un fatalismo ciego o el de tomar una actitud de suprema pasividad. Aceptación no es resignación pasiva, pero si es una actitud dinámica, constructiva y activa.

 

Jesucristo en su Bienaventuranza sobre la mansedumbre, nos está invitando a desarrollar en nuestra vida la cualidad de la aceptación. La aceptación es mansedumbre, una de las reglas fundamentales en  el reajuste del comportamiento humano, que Cristo invito a manifestar en la vida diaria. La mansedumbre ante las imposiciones de nuestra vida ordinaria es recomendable, porque esas exigencias, deberes y obligaciones que nos atenazan, no son más que el reflejo de nuestros propios actos vistos al revés, como la imagen que aparece en el espejo. Se nos exige lo hemos exigido; se nos impone lo que nosotros hemos impuesto; se nos obliga en la medida en que nosotros hemos obligado. Una vida de opresión es la continua lógica de una vida de poder oprimente. El antídoto de todas las injusticias es la mansedumbre o, mejor aún, en palabras más simples, la aceptación, porque si se aceptan las aparentes injusticias de la vida, no se hace más que restablecer el equilibrio que antes se ha roto y poner las cosas donde deben estar. Por el contrario, si se reacciona, si el individuo se rebela contra lo aparentemente injusto, prolonga su sufrimiento y puede pasar toda su vida enfrentado con los demás, en un estado de guerra permanente y sin fin. La aceptación está situada en lo más alto de una escalera, cuyos escalones son: soportar, resignarse, aceptar. En realidad así es, no existe en la aceptación, la ira impotente ni la sorda rebelión interior o la represión del odio, de quien es obligado a soportar la vida. No existe tampoco la pasiva e inerte sumisión, exenta de luz, de aquél que se resigna, por no entender por qué él se siente inerme frente a la adversidad. Hay en la aceptación el coraje de quien comprende y, libremente, va al encuentro de la prueba. Se esconde en la aceptación el verdadero significado de las palabras "abrazar la cruz", no en el sentido de la debilidad sino, por el contrario, en el estímulo que hay en la actitud serena y sabia de aquel que comprendió trabajar con la ley.

 

Ante cualquier acontecimiento de la vida, no debemos renegar, perder tiempo o energía innecesariamente por luchar o amargarnos, sino mirar el aspecto práctico y útil, e intentar extraer toda la utilidad y la enseñanza que el universo nos quiere mostrar. Debemos colaborar con lo inevitable, no oponerle resistencia ni rebelión estéril. Si delante de las dificultades y de los acontecimientos dolorosos de la vida nos hiciésemos la siguiente pregunta: ¿Qué me puede enseñar este acontecimiento?, o ¿Qué hay detrás de esto?, ¡Dónde fue que me equivoqué? y después, "¿De qué modo me comportaré para transformar esta dificultad en un instrumento útil para mi evolución?, ¿Cómo podré colaborar con esta lección?;  poco a poco adquiriremos una sensación de paz y de serenidad indecibles, aún cuando no consiguiésemos comprender totalmente, el significado oculto de los acontecimientos. La ignorancia del hombre sobre los principios divinos, es de hecho una de las razones que impiden conquistar la cualidad de la aceptación.

 

La aceptación se va dando en la medida en que el aspirante haya pasado por muchas experiencias de superación y se haya convencido de la verdad fundamental de la existencia de un Plan Divino, de que es un Espíritu inmortal, y que aún está en evolución, sometido a la acción de Leyes Superiores, justas e inescrutables. No sólo los acontecimientos personales tienen su origen en los impulsos del Espíritu, también los mundiales se cristalizan por una Voluntad Sublime. Sin embargo, aunque muchos de los hombres son fieles a una Divinidad actuante, ante los desastres, las guerras, los hechos presentes, se rebelan y no aceptan que todas estas cosas sucedan. La creencia en una causa sublime subyacente en cada ser y en cada lugar, sólo se percibe en la imaginación o se expresa con palabras convincentes, pero nunca se vive realmente. Cuando se precipitan actos violentos o parte de la población adquiere costumbres, aparentemente malsanas, la mayoría de los hombres reniegan y no aceptan estos hechos. Se inicia una lucha de oposición, una guerra contra todo lo que se cree atenta contra la estabilidad del mundo, y esto precipita aún más las fuerzas oprimentes y paralizantes. Si la creencia en un Dios infinito y justo, es real, y no sólo está en la imaginación, nada en el universo se considera malo, porque si es permitido, es necesario para el crecimiento espiritual de la humanidad. Todo en el Cosmos conspira para el bien de la humanidad y el aparente mal esconde una lección indispensable que se debe experimentar. Dios está eternamente presente en cada momento de la evolución. Si el hombre comprende esta realidad, dejará de resistirse a un proceso natural. El que fue oprimido en tiempos remotos, es el opresor del presente; todo equilibrio debe ser alcanzado, todo círculo debe ser cerrado. No lloremos por los males del mundo, no suframos por la maldad de los hombres, aceptemos que la humanidad es así y no obstante, cada día que trascurre crece espiritualmente.

 

Luchemos, pero hagámoslo en silencio, en nuestro propio hogar. No necesitamos crear nuevas organizaciones, ni mucho menos nuevas creencias. Debemos ir al laberinto interior, para explorar las zonas que aparentemente nos hacen cómplices del lado oscuro que se manifiesta en todo el mundo. Limpiemos esas zonas y así dejaremos de resistirnos, de oponernos a los procesos naturales, convirtiéndonos en colaboradores de Dios y de sus propósitos divinos. Vivamos en armonía con lo que creemos, nuestra fe debe ser manifestada en cada acto de nuestra vida. Si miramos la historia de la humanidad, veremos como en tiempos pasados, había mucha represión. Hoy en día existe mucho libertinaje, el cual se manifiesta por medio de la música, el baile, la televisión, el cine, etc. Muchos creen que Satanás está detrás de todo esto y corren tras su redención y ni siquiera lo nombran por miedo a caer en sus terribles redes. Toda fuerza negativa que se precipita sobre los hombres, es un instrumento de enseñanza que Dios utiliza con el fin de mover las energías cuando éstas están estancadas o en peligro de cristalización. Muchos gobiernos oprimentes surgen para mostrar a un grupo de hombres los efectos de la dictadura y del egoísmo extremo. Si se juzga a un gobernante, también se está sentenciando a los gobernados. Sencillamente, todo dirigente refleja aspectos positivos o negativos de un grupo de habitantes de una región. Si ellos obran mal es porque el conglomerado también actúa adversamente. La aceptación también debe abarcar este aspecto social, y cuando un núcleo humano, muta la dirección de su vida y se moviliza por la conquista de la libertad interior, de la paz y de la honestidad, sus gobernantes también cambiarán y habrá prosperidad y tranquilidad. A veces exigimos a nuestros dirigentes, lo que nosotros no somos capaces de expresar, porque carecemos de muchas virtudes internas.

 

Hemos visto que la aceptación debe abarcar todos los aspectos de la vida: el personal, el social, el educativo, el familiar y el mundial. Acaso nos hemos preguntado ¿por qué Dios nos dio padres intolerantes y crueles, hermanos envidiosos, amigos conflictivos, trabajadores desleales y gobernantes aprovechados? ¿Amamos nuestra vida y bendecimos a Dios por los sucesos diarios que son necesarios para nuestro crecimiento humano? Cada uno deberá examinar el grado de aceptación de su propia vida. Aceptación es la cualidad, que al irse despertando lenta pero firmemente, nos llevará a la conquista de aquello que perdimos al descender a los niveles menos sutiles del universo: la visión consciente y constante del Supremo Creador.

 

 Kletid (Yaneth Barragan)





jueves, 24 de octubre de 2013

LA IMPERIOSA NECESIDAD DE SER ESCLARECIDOS
Artículo 2 de la serie “Cooperaciones y auxilios” 

Perdidos del núcleo divino andamos por el mundo, hombres necios, hijos del Absoluto y del Supremo. El Yo Interno, sublime y flameante no emana torrentes de luz o si lo hace, su fulgor se pierde en los apasionamientos o en las presunciones del ego, poder activo constantemente en la vida humana. Los sedientos de espiritualidad, que son pocos, ondean entre pequeños momentos de exaltación a unos espacios largos, faltos de significado y trascendencia. La mayoría de los seres humanos no percibe aún su pobreza espiritual, se encuentran atrapados en lo irreal, hipnotizados por sus dramatismos personales, arrastrados por una potente gravitación hacia la materialidad o la satisfacción de sus deseos personales y, controlados por pequeños grupos de hombres, que perpetúan un mundo sin sentido y realidad. Los espacios se llenan de complacencias pasajeras, cuando se cree que los deseos han sido realizados. Y un ciclo interminable, vacío, vacuo se sostiene quizás hasta la llegada de la muerte. El alma queda sedienta nuevamente de luz y busca volver a la materialidad esperando, que por fin, en otra vida alcance el triunfo y la liberación. 

La mente supone ser conocedora, porque accede a conceptos y sistemas de creencias cuando se llena de significados científicos, sociales, políticos o religiosos. Fanatismos, separatismos, egoísmos, exclusivismos ondean poderosos, abarcando todos los aspectos de nuestra maravillosa vida, que ya deja de serlo, convirtiéndose más bien ésta en el medio en el que se precipitan conflictos, guerras interpersonales, controles, manipulaciones… Abordando trabajos para descubrir vidas antiguas, se ven experiencias repetitivas, como si acaso camináramos alrededor de algún centro de poder iterativo, monótono y cristalizante. El infiel repite su nefasta traición; el violento despierta nuevamente rodeado de agresividad; el inquisidor, nace en un lugar donde fortalece fanatismo e inflexibilidad y así muchos otros casos más.

Los sentidos observan lo externo y a los otros. Se regodea con complacencia el ego cuando descubre una falla ajena y la manifiesta. Esto aparentemente lo eleva, lo exalta, le da poder, le pone una etiqueta de astucia e inteligencia. La escrupulosidad que debería dirigirse hacia el propio comportamiento, está pendiente de detectar los momentos de debilidad de otros o de descubrir los errores ajenos, las equivocaciones o las debilidades. La vida para muchos se convierte en un juego, en el que únicamente se buscan triunfos y premios, sin importar a quien o a quienes se violente en la partida. Una veces perdedores, rencor es solo lo que se consigue y posturas de víctima opacan la alegría de la existencia. Otras veces ganadores, el ego acrecienta su poder y se sostiene la mentira y la ilusión.

Pocos muy pocos, quieren ser esclarecidos… no muchos desean ser iluminados. La mente cargada con conceptos y condicionamientos, corre a beber de otras fuentes intelectuales limitadas, cuando percibe su carencia espiritual. Pocos muy pocos interiorizan y reflexionan aún sobre lo que han aprendido. No muchos se encaminan por contactar con los guías verdaderos y sublimes. Y es que ellos no están al alcance de prisioneros mentales, ni mucho menos de aquellos que se sienten felices, porque han leído cientos de libros enarbolando en sus conversaciones las memorias de conceptos mentales sin sentido de realidad. No es la repetición de verdades a medias, ni el aprendizaje de libros lo que conduce al Rey, la Corona de lo espiritual. Es más, una mente atiborrada de conceptos o creencias ilusorias y pasajeras, por lo general, pierde su asombro y no se maravilla ante nada, porque late en ella una poderosa presunción intelectual. Lo nuevo que podría percibir y las indicaciones que podría recibir, pasan como ráfagas incomprensibles de luz.

La escritura sagrada reza: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque ellos heredaran…”. Frase maravillosa que se asemeja a la imperiosa necesidad de ser esclarecidos, que no es otra cosa que ser revestidos con el manto de luz y alcanzar la gloria espiritual, que siempre ha estado rondando nuestras vidas y nunca nos ha abandonado, a pesar de la fuerza que ejerce el núcleo de irrealidad. Resulta sorprendente concluir, a través de años de búsqueda espiritual, lo limitados que estamos y a veces se siente que el tiempo se ha perdido; que sólo se han recorrido pasos muy pequeños para neutralizar una vida sin sentido, vacua y superficial… Pasa el tiempo y los comportamientos insolentes, inarmónicos, desequilibrados se sostienen; los cambios esperados no llegan, las virtudes anheladas no se despiertan, el letargo espiritual se vuelve asfixiante, de tal suerte que a veces se claudica o se encamina por otra creencia, otra dependencia, otra ilusión… e incluso se cae en las fauces de astutos mentirosos que hacen su agosto con los incautos e ingenuos que creen únicamente en palabras bellas y encantadoras, expresadas por una mente hipnótica y poderosa. 

Todo eso, ni más ni menos, porque la búsqueda insistente se enfoca en encontrar la postura, la palabra, la dieta, el libro, la oración, la creencia, el amuleto o la persona que rompa el sello que guarda el secreto de la inmortalidad. Pocos muy pocos, se aventuran a beber directamente del océano infinito de la sabiduría y no muchos profundizan en el conocimiento real, el cual les permitirá percibir su propio origen, su fuente de vida y beber de las aguas de la iluminación. Y solo ellos podrán convertirse en verdaderos faros de luz y colaborar para que otros despierten a su realidad espiritual…

Valentía hay que desarrollar para eliminar la fuerza de la personalidad y su mundo creado por los recuerdos y los condicionamientos. Mundo lleno de sufrimientos, dolores y grandes frustraciones, sostenido por la fuerza de la rutina y las exigencias de un colectivo que desvió su sino por caminos tortuosos y sin salida. Lo personal es vivido con exceso de dramatismo, los eventos son repetidos como si acaso se experimentaran por primera vez y las narraciones de las experiencias se muestran cargados por las emociones primarias. El pasado reaparece en cada momento de similitud con una circunstancia presente y el encadenamiento a una falsa ilusión se potencia. En las conversaciones los involucrados entran en competencias de gustos, recuerdos o conocimientos y la intimidad del momento se desvanece cual burbuja que revienta el viento. Observación constante y desapegada se precisa para estar atentos de sí mismos y descubrir las posturas personales, tanto mentales como emotivas. Por ejemplo, darse cuenta de la constante oposición cuando escuchamos los conceptos de los demás o de la frecuente actitud contradictoria al saber sobre las percepciones o actuaciones de otros o de la expresión de gustos o disgustos cuando ni siquiera se ha dado el permiso de hacerlo. Hay que descubrir que tanto nos valoramos y cuanto queremos que los demás nos admiren.

Gran parte del tiempo se pierde en cumplir los roles establecidos e impuestos por una sociedad enferma y frenética. La familia se ha colocado como meta y prioridad de la existencia y al unirse a través de lazos de consanguineidad se pierde la visión de la unidad. Se pueden cumplir los papeles con responsabilidad y amor, cuando los hijos llegan y necesitan del cuidado o cuando aún los padres están vivos. Pero el peligro estriba en creer que son solo ellos la única la razón de la existencia y se deja en segundo plano la lucha por la gesta espiritual. Aquí es donde más osadía se precisa para desafiar ese esquema condicionante y empezar a poner límites a los abusos que se han generado al tergiversar el papel de protectores o apoyadores de los integrantes de la familia. El ego se resiente mucho cuando empieza a poner límites a los parientes y los integrantes de la familia difícilmente comprenden la meta que se va fortaleciendo, más bien acusan, recriminan y juzgan. Impasible debe ser aquel que desea poner a Dios, su Dios, como razón de su existencia y cuidarse de no caer el mismo en culpas ni reprimendas. A veces es muy sano salir de la influencia familiar porque precisamente allí se generan las mayores trabas y dificultades, pues es el lugar donde se pierde el olvido de Sí mismo o sea la raíz espiritual. Además los lazos de familia son pasajeros y cuando se renace en el mundo material, ni siquiera se recuerda quien fue madre, padre, hijo o hermano de otras vidas. 

Morir antes de morir” aconseja el místico del Islam. El trabajo es ocuparse del ego, de la personalidad y desapegarse de su contenido. El vedantista advaita advierte: “Morir para vivir” y eso consiste en destruir los condicionamientos, las ilusiones; es decir, el mundo hecho de irrealidad, proyectado por imágenes distorsionadas ante los acontecimientos. Hay que destruir para construir; aniquilar antes de crear. Y el solvente universal es lo Supremo, lo Absoluto, lo Eterno, lo Onmipresente, que sólo se manifiesta en la quietud y el silencio; que sólo vibra en el interior y esclarece la consciencia. Cuando se disuelve la ilusión, se reafirma en cada quien su verdadero ser.

Pero la vitalidad necesaria para el proceso de descubrir las trampas del ego y luego poner a éste a disposición del Yo Real o Llama Espiritual, se agota con el paso de los días y con muchas actividades impuestas, pero no urgentes ni prioritarias. La vida se ha convertido en una carrera por tener, hacer y ascender. La tecnología supera el desarrollo personal y una buena parte de las ganancias económicas o del tiempo se usan en adquirir lo “in”, lo novedoso, la última generación de… Los magnates de las telecomunicaciones crean necesidades tecnológicas que a como dé lugar se deben conseguir y ellas luego encadenan, ocupando el valioso tiempo personal; no se encuentra fácilmente luego lugar para la reflexión o la introspección o para clamar por iluminación espiritual. Para el descanso, sólo se dejan unas pocas horas de sueño y se pierde la oportunidad de acceder a los templos etéricos y astrales donde instructores, bien maestros, bien discípulos, dan indicaciones y señales. Sus puertas se cierran a las 12 de la noche y por lo general, a esa hora muchos aún siguen contestando correos, viendo sus series de televisión preferidas, preparando sus almuerzos del día siguiente o gozando de sus reuniones sociales.

El ritualismo precisa ganar nuevamente su lugar e importancia. ¿Cómo más podemos ser esclarecidos, sino a través de una actitud receptiva a energías supremas y siendo conscientes de oraciones o rituales? Los Avatares del mundo han dejado una impronta de liberación en el inconsciente colectivo; algunos siguen cercanos al hombre y actuando en el presente: Jesús el Cristo Solar y Metratón, entre otros. El indicador del camino para el proceso de evolución espiritual de la humanidad, en la presente dispensación, es el Arcángel Supremo, el Cristo Solar. ¿Por qué esto es así? Se procede a explicarlo.

Tres fuerzas divinas se utilizaron para crear los mundos y los seres: Voluntad que corresponde al primer aspecto, Amor al segundo, e Inteligencia creadora el tercero. Cada uno tiene su representante: Primer aspecto: Padre, Keter, Brahma, etc. Segundo: Cristo, Hijo, Maitreya, Visnú; y, tercero: Espíritu Santo, Binah o Shiva. Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres grandes Iniciados y pertenecen a la jerarquía de los Angeles, Arcángeles y Principados respectivamente, siendo son los más avanzados de cada una de sus corrientes de vida y quienes alcanzaron la gloria de estar cerca al Trono Divino, y representando uno de los tres atributos.

Cada uno de ellos influencia de una manera diferente a los hombres y aparecen trabajando más directamente con la humanidad desde la Epoca Atlante. Jehová o Espíritu Santo fue el primero en manifestarse y lo hizo en plena Epoca Atlante. El permitió al hombre desarrollar individualidad  y le inculcó la ley para hacerlo obediente a los postulados o mandamientos de las religiones de raza, que primaron bajo su reinado. La ley es necesaria para ayudar a dominar la tendencia altamente egoísta, gestada por un cuerpo emotivo sin control mental. Por eso Jehová fue el Dios de la luz y de las sombras, del trabajo y del sudor, del castigo y la recompensa. De la luz, porque de El, se recibe la técnica para ser creadores; de la sombra, pues constriñe y produce condiciones duras, cuando se empeña el ser, totalmente por el placer y la satisfacción de su propio deseo. Del castigo y la recompensa porque utiliza guardianes de la ley que juzgan por los atropellos cometidos. Bajo su dispensación, aparecieron los grandes profetas que guiaban a los hombres de las diferentes religiones y les deban las orientaciones necesarias para su evolución espiritual. La relación con Dios era indirecta y sólo por intermediación de los escogidos por Jehová.

Pero la relación indirecta con Dios debe volverse espontánea y vertical; la ley debe dar lugar al amor, el separatismo o nacionalismo a la unidad y, la visión de Dios debe cambiar por una más misericordiosa y amorosa. Esa función le ejerce Cristo el representante de la Gracia Divina, quien llegó a la humanidad después de la mitad de la Epoca Aria. El vino a anunciar un mundo nuevo, a decirles a los hombres que su vida iba a cambiar, que un día se verían redimidos de sus penas y ya no experimentarían más dolor, enfermedad ni muerte. Por eso Cristo, irradia amor al mundo, porque es el medio que disipa la tendencia endurecedora de la ira, la codicia y el odio y que además permite construir de nuevo donde las pasiones han destruidos. Gracias a la influencia de Cristo se disuelven las barreras del Espíritu de Raza y se puede enfocar el ser en el ideal de la Fraternidad Universal. Por eso en su encarnación como hombre, diseminó que el amor es superior a la ley y que el orgullo de pertenencia a un núcleo específico: familia, raza o nación, debe desaparecer, para ser reemplazado por un nuevo régimen que glorificará a todas las personas como hermanas e hijas del mismo Dios. De ahí sus palabras: “He venido a proclamar el establecimiento del Reino del Padre, donde se sentarán juntas las almas de los judíos y de los gentiles, las de los hombres libres y de los esclavos, pues mi Padre no hace distinción entre los seres. Su Gloria y misericordia alcanza para todos”.

Cristo dio al mundo pautas para actuar con amor, con rectitud y honestidad y encarnó entre los hombres, porque se corría un gran peligro de quedar atrapados en el máximum de materialidad y de que la mente, recientemente adquirida, quedará bajo el total control del deseo. Un ser humano normal era totalmente dominado por el deseo y cuando moría, se veía en la imposibilidad de entrar conscientemente en las regiones superiores mentales. Así que al nacer nuevamente, las mismas tendencias cristalizadas regían sus vidas y las deudas engendradas bajo la ley de consecuencia iban adquiriendo proporciones colosales, siendo casi imposible actuar por amor y evolucionar con facilidad.

La ayuda era urgente y aquí aparece Jesús de Nazaret quien en ese momento era un humano dispuesto a sacrificarse por sus hermanos. Jesús fue iniciado por los esenios y se preparó como discípulo con Hilarión de Monte Nebo. A la edad de 33 años fue el tiempo esperado y Jesús le entregó sus vehículos físico y vital al Cristo Solar para que encarnara como uno de nosotros, viviera entre los hombres y diera su ministerio directamente, sin intermediarios, sin profetas. Por eso se le llamó desde ahí Jesús el Cristo y se convirtió en una entidad que podía llevar hasta el mismo trono de Dios, los dolores de la raza humana, encerrada en un cuerpo material y controlada por una ilusión y, traer desde las mismas fuentes divinas, el remedio a todos sus sufrimientos. Con razón dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie viene al Padre sino por mí”. Cuando encarnó como hombre, la irradiación crística limpio el cuerpo emocional del planeta y desde ese momento los humanos pueden construir cuerpos menos densos y cristalizados y acceder, en los procesos post mortem, a niveles mentales más elevados. Pero su misión lleva poco tiempo, pues en sólo 2000 años, muy pocas almas han desencarnado y aún no han retornado a la materialidad. Así que su trabajo es para largo tiempo, a menos que un gran número de seres humanos se preparen para el discipulado y sean como Jesús de Nazaret, quien despertó el Cristo Interior. El porcentaje de discípulo del mundo no llega ni al 0,01% del total de la humanidad y esto da a entender que Cristo no se podrá liberar tan fácilmente de su misión redentora.    

Así que Cristo es un mensajero del Logos, quien lo envío para salvar a la humanidad de las tinieblas de la ignorancia y del materialismo. Nuestro espacio cósmico de actuación está limitado por la rueda zodiacal, siendo el Sol el astro que gira en torno a los signos del zodiaco y en donde reposan los más altos seres que cobijan a la humanidad. Así que la misión redentora está determinada por ese recorrido anual y la fuerza crística se manifiesta en cuatro fechas especiales cuando el Sol recorre los signos de Aries, Cáncer, Libra y Capricornio. Encarna en el Planeta siempre en el Solsticio de Invierno, cuando el Sol pasa a Capricornio y sale en el momento en que entra en Aries o sea para la época del Equinoccio de Primavera, en la cual se celebra en el mundo cristiano la Semana Santa. Se dirige a su propio hogar, al Sol, y llega allí en el Solsticio de Verano, cuando la luminaria solar pasa a Cáncer, quedándose en este nivel hasta el Equinoccio de Otoño, que ocurre con la entrada en Libra. Luego regresa de nuevo a la Tierra Física para continuar con su misión libertadora y entra totalmente al planeta cerca del 21 de Diciembre, en el Solsticio de Invierno. Estas fechas pueden aprovecharse al máximo, para recibir iluminaciones y señales e ir poco a poco esclareciendo los reales propósitos de la existencia. Basta saber cuándo el Sol entra exactamente en cada signo zodiacal y realizar un ritual mediante una lectura apropiada y en recogimiento espiritual. Para la navidad, son supremamente importantes las cuatro semanas antes del 24 de diciembre; en ellas encender luces y hacer ceremonias espirituales es bastante beneficioso. Se prepara el ser para sintonizarse con la visita nueva del Cristo Solar. Es la Epoca de Adviento o preparación para la venida del redentor. Y cómo no entenderse con esta fuerza, sabiendo que exalta lo divino y colma de auxilios o bendiciones?

Metratón es otro indicador del camino. Se dice que fue el primer hombre realizado y llevado al Cielo sin pasar por la experiencia de la muerte. Enoc fue su última personalidad humana normal. Fue un místico que a través de algunas visiones conoció el entramado espiritual. En una de ellas, intercedió con Dios en favor de los ángeles caídos. En otra, vio a los querubines en el Cielo, a quienes describió como seres de fuego. De igual forma entró en el océano de la sabiduría y, finalmente se transformó en el arcángel Metatrón, un poderoso ser a quien también se le llama el pequeño Yahweh o “El que está sentado detrás del Trono”. Cuentan algunos textos sagrados (Libro de Enoc, Zohar, Zohar Bereshit), que Metatron es el rey de los Arcángeles, reina sobre el árbol de la sabiduría o del conocimiento del bien y del mal, y como Enoc, se dedicó a escribir un libro que contenía los secretos de la sabiduría; él pone los  misterios sobrenaturales en las manos de quien los merece y le fue permitido sentarse en la presencia de Dios por su grandeza de alma. Se dice también que Metatrón es consultado por los Guardianes de los registros Akasicos y ayuda a los seres humanos a perfeccionar su alma. Es un señalador de cómo ascender y activar el cuerpo de luz de los anhelantes de divinidad y al haber sido humano, que mejor que El, para pedirle que nos muestre el camino de la iluminación. Aparece también como Sandalfón, quien transmite las oraciones sinceras y conscientes de los hombres y las lleva a los mundos sutiles. Eso es así porque puede ascender o bajar a través de los mundos, así que no sería raro verlo vagando cerca a los discípulos y maestros. Y cómo no pedirle que auxilie a uno de sus hermanos que se encuentra atrapado por las fauces del ego, cómo el mismo lo estuvo en su pasado humano? Y cómo no confiar en que El nos dará una indicación?

No menos importante son las ayudas de los 72 Genios de los Coros Angélicos. Por eso se insiste en su auxilio y constantemente se actualiza su regencia, dando las plegarias para recibir sus bendiciones. Y cómo negar que de las doce jerarquías que conforman la escalera hasta Dios, los hombres son los que más auxilio necesitan, ya que van hasta lo más denso y alejado de la Divinidad? Y cómo no auxiliarnos de los mensajeros que Dios pone a nuestra disposición? Dios, el Guía Supremo tampoco debe ser descuidado. El merece  toda nuestra atención. Dos oraciones han sido dadas para entonarlas especialmente al iniciar cada uno de nuestros días. Sus palabras bastan para ver la importancia de sus plegarias. Una dice:

Oye Israel, Adonai es nuestro Dios, Adonai es Uno
Amarás a Adonai tu Dios, con todo tu corazón
Con toda tu alma y con toda tu fuerza
Y estas palabras que yo te ordeno hoy,
estarán sobre tu corazón
las enseñarás a fondo a tus hijos
y hablarás de ellas al estar sentado en tu casa
y al andar  por el camino
al acostarte y al levantarte
las atarás como señal sobre tu mano
y serán por recordatorio entre tus ojos
las escribirás sobre las jambas de tu casa y en tus portales

La otra reza:

Loa a Dios dueño del Universo
El Clemente, el Misericordioso
Soberano en el día de la retribución
A ti es a quien adoramos
De ti es de quien imploramos socorro
Dirígenos por el camino recto
Por el sendero de aquellos
A quienes has colmado con tus bendiciones
No por el de aquellos
Que han incurrido en tus iras
Ni por el de los que se extravían

Si nos vamos llenado de vibraciones sutiles y el camino se va clarificando, el núcleo de poder va pasando al Ser Real; accedemos a la oportunidad de independizarnos y seguiremos nuestra propia estrella, nuestro sino individual, cumpliendo la verdadera misión para la que fuimos creados. A la par nuevas cualidades se van fortaleciendo: discriminación que dirige, ordena y controla la vida emocional o mental y la vitalidad; temor reverencial para cuidarse de palabras, actos y pensamientos que alteren el orden universal y, expansión del corazón para fortalecer la misericordia, el amor y la generosidad. Hermanos: no olviden pedir día a día ser esclarecidos.