sábado, 12 de septiembre de 2015

DE LA UNIDAD DE allah y la realidad del mundo
Entrega No. 17 de la serie “Cooperaciones y auxilios”




El sufismo es la vía que conduce al hombre hacia la Unidad divina y esta verdad se convierte en la única razón de ser del Islam. El testimonio o credo musulmán, shahada, dice “No hay más Dios que Dios –La ilaha ill-Allah”-, advierte que no se conoce más que una Verdad, la de lo único Real, cuya esencia se reserva a las religiones monoteístas y a las Escuelas no dualistas de Oriente como la Vedanta advaita, cuyo interprete fue Sri Shankaracharya, el Shaivismo advaita en cabeza de Vasugupta, el Principio Unico del Taoismo, el Vació de todos los budistas y la Shema de los judíos. 

En la sura CXII del Corán se dice: “Di: El, Allah es uno. Allah es el independiente del que depende toda cosa. No ha engendrado ni ha sido engendrado. Y no tiene igual”. Allah es Uno y reposa en Sí mismo, en su Esencia o Ipseidad pura y encierra toda realidad; Allah es el único Real que vuelve ilusorio, o más precisamente no existente todo cuanto tiene la apariencia de “otro que El”. La Divinidad no depende de cosa alguna, y las realidades no son sino sus posibilidades, que dependen totalmente de El; no son en esencia, otras que El. La sentencia “No ha engendrado, ni ha sido engendrado”, significa que lo único Real no puede ser causa de un efecto que sea otro que El, ni puede ser un efecto surgido de una causa otra que El. Dios Mismo toma el aspecto ilusorio de los criaturas, y no cesa de ser absolutamente increado e infinito, no engendra otra realidad ni tampoco es engendrado por otra realidad; simplemente se manifiesta a Si mismo bajo el aspecto de otro que El, que no es realmente otro que El. Disertaciones, profundas y sublimes, que reposan en el libro “La Doctrina de la Unidad” de Leo Schaya.

Ibn al-Arabi (Murcia-1165, Damasco-1240)  llamado Maestro Máximo del sufismo, rescata en toda su obra la importancia de la Unidad y en su Risalah al-Ahadiyah, dice al respecto de Allah: “Es de necesidad (...) que Él [AllAh] no tenga pareja posible. Su pareja sería aquel que existiera por sí mismo y no por la existencia de AllAh y sería, por consecuencia, un segundo Señor. AllAh no tiene pareja posible, ni en semejanza ni en equivalencia”. O, como expresa -de modo más poético- en su obra “El núcleo del núcleo”: “La intensidad divina no permitió ningún extraño”. Ibn al-Arabi, fue conocido con los sobrenombres honoríficos de Muhyiddin (Vivificador de la Religión), al-Shayj al-Akbar (el más grande shaykh), el broche de los santos de Mohammed, el shaykh exaltado, Guía del mundo, eje del conocimiento, y en occidente se le conoce como Abenarabi. Todos esos honoríficos nombres lo convierten en uno de los más elevados amantes de Dios, a la altura del Avatar Jesús de Nazaret, del vedantista Shankara y de otros grandes espiritualistas, por tal razón su enseñanza se difundió a muchos lugares con gran rapidez, a pesar de ser accesible nada más que a una minoría intelectual. Se extendió del Magred –Marruecos, Túnez y Argelia- a China; de Asia a Africa y se hizo presente en el seno de la espiritualidad islámica en muchos lugares. El sheik Muzaffer OzaK al-Jerraji, afirmó que Ibn Arabi enseño a la humanidad la unidad y seguirá iluminándola hasta el día del juicio final. Sus enseñanzas del milagro de la creación y sus maravillosos conocimientos reflejados en los libros, “Revelaciones de la Meca”, “Joyas de Sabiduría” y otros hasta un número superior a quinientos dan testimonio de ello. Sobre su gran cultura, Ibn Jawziya ha comentado: “Ibn Arabi conocía bien la alquimia y el secreto del más grande nombre de Dios, que están oculto en el Corán”. “Muhyiddin fue un Océano de saber que no tiene costas” como lo afirmó el Shaikk Sa’duddim Hamawy.

Ibn Arabi nació dentro del luminoso siglo de la plenitud cultural del Al-Aldalus que fue una zona de ocupación musulmana en la península Ibérica, desde el año 711 hasta 1492. El al-Shayj al-Akbar, como se le conoce ampliamente, estuvo al lado de filósofos y místicos como Averroes y Mainónedes, y fue influenciado por los fecundos intercambios de obras científicas, filosóficas y espirituales presentes en su lugar de nacimiento provenientes de Doctos y Maestros de todas las vertientes espirituales. Su sincretismo, da cuenta de un hombre de mente abierta formado en los fundamentos de las tradiciones cabalistas, herméticas, neoplatónicas, cristianas y sufís. El padre de Ibn Arabi fue sufí y una persona famosa y muy respetada. Durante los primeros años de vida, el Muhyiddin estuvo bajo la tutela de dos santas mujeres y, luego, a los 8 años de edad, viajo a Sevilla, donde estudió con dos teólogos y eruditos de las tradiciones proféticas de aquel tiempo. En esta ciudad tuvo un encuentro con Averroes -Ibn Rush-, quien al conocer a Ibn Arabi expresó: “(…) loado sea Dios que me ha permitido vivir en estos tiempos en que hay un maestro que ha tenido la experiencia de una revelación divina, siendo uno de los que abren las cerraduras de las Puertas de Dios…” En esa revelación, acontecida antes de cumplir sus veinte años, Ibn Arabi recibió todo el conocimiento, que más tarde quedó reseñado en su libro “Viaje al señor del Poder”.

A la edad de 36 años, hizo su peregrinación a la Meca y allí, por un pedido hecho a Allah, recibió todo lo que iba a ocurrir en el mundo, tanto en la material como en lo espiritual, hasta el día del juicio final. Después de la peregrinación viajó a Egipto, Iraq y Damasco, y paró en Konya, Turquía, donde encontró a Sadruddin Qunyawi, un joven estudioso sufí quien se convirtió en uno de sus discípulos más adictos. A su regreso a Damasco, se encontró de forma invisible o visible, con otros muchos maestros sufís y todo esto quedo consignado en su libro “Sufís de Andalucía”. El resto de su vida la paso en Damasco y se cree que murió allí en 1240.
 
Ibn Arabi forma parte de los owaysiyyum ya que tuvo varios encuentro con el guía inmortal Al-Kadhir, el maestro espiritual invisible del Islam, reservado a aquellos que son llamados a una afiliación directa al mundo divino, sin intermediario alguno, sin vínculo justificativo a una sucesión histórica de maestros –silsila- y sin investidura de ningún magisterio. Su primer encuentro se produjo en los días de su adolescencia. Acababa de dejar a su maestro Hasan al-Oryani, con el que había tenido una fuerte discusión acerca de la identidad de una persona a la que el Profeta había favorecido con su aparición. El discípulo había mantenido sus opiniones y se había marchado, algo molesto y descontento. Al volver una esquina, un desconocido le abordó afectuosamente: «¡Oh Mohammad! Ten confianza en tu maestro. Era de quien él te decía de quien se trataba». El adolescente volvió entonces sobre sus pasos para anunciar que había cambiado de opinión, pero, al verle, su sheij se anticipó a sus palabras: «¿Será necesario que se te aparezca Khezr cada vez que debas confiar en la palabra de tu maestro?». Más tarde, en Túnez, en una calurosa noche de luna llena, Ibn Arabí va a descansar a la cabina de un barco anclado en el puerto. Una sensación de malestar le despierta. Se aproxima a la borda, mientras la tripulación está sumida en el sueño, y he aquí que ve venir hacia él a alguien que camina sobre las aguas sin hundirse, alguien que se le aproxima y conversa un momento con él, antes de retirarse rápidamente a una cueva horadada en el flanco de la montaña, a varias millas de allí. Al día Siguiente, en Túnez, un hombre santo desconocido le pregunta: «Y bien, ¿qué ha sucedido esta noche con Khezr? El tercer encuentro tuvo lugar en una mezquita de la costa Atlántica de España, donde se encontraba haciendo sus oraciones, en compañía de algunos viajeros y de alguien que no creía en los milagros de Al-Kadhir. De pronto apareció ante ellos el hombre de barba blanca, sosteniendo una esterilla de rezar, se levantó catorce pies en el aire y allí se puso a orar. Ibn Arabi fue impuesto con el manto místico de Al-Kadhir a través del sheikh ibn Jami. De igual manera en el “Libro de las Visiones”, Ibn Arabi, refiere un cierto número de conversaciones con el Profeta Mohammed y dice que en el trascurso de un sueño, él le otorgó el libro “Engastes de la Sabiduría”, en Damasco en 1229. De igual manera se entrevistó con los  grandes awliya –santos- como Gunayd, Dun-Nun al-Misri o Hallah, entre otros. Uno de esos Maestros, le anunció que él iba a ser el qutb de su tiempo o sea el responsable directo del  bienestar del mundo, el sucesor espiritual del Profeta Mohammed.

A pesar de su andariega vida, recorriendo desde Al-Aldalus hasta Mesopotamia, enseñando, estudiando, predicando, discutiendo y redactando sus obras, Ibn Arabi nunca se privó de su recogimiento, de su preparación para su viaje interior. Recorrió una a una las etapas hasta escalar las más altas cimas del misticismo; advirtió que la condición “sine qua non” para subir por los peldaños de la iniciación, es la khirqa (hirqa o jirqa), el hábito o la vestimenta de la piedad. Ello conlleva ser un "hombre bueno", revestirse de los nombres de Dios, orar y tener un trato constante e íntimo con el Señor. El aspirante debe ser un vasallo del Señor y un celoso guardián de la excelencia en su comportamiento como miembro de la Caballería Espiritual, la única Caballería en lo que, a los hombres respecta, se confía algún día pertenecer. Es como dijo San Pablo actuar con la convicción de hacerlo para Dios, o dicho de un modo gnóstico: el conocimiento teórico de la "vestimenta de la piedad", para la "ascensión por los siete cielos... y más allá".

La khirka también es un acto de investir a un murid con la esencia espiritual de cualquier cadena iniciática o silsila. Ibn Arabi fue investido con la khirqa de cuatro cadenas siendo la primera la Cadena de Oro, que incluye a muchos santos y que se remontan al Profeta Muhammad –Ver silsila de Oro más adelante-. Recibió esta investidura en Sevilla en 1190. La segunda, en la Meca en 1203, de la silsila owaysiyyu, que es de las más excelentes del Islam y se efectúo con la presencia espiritual de uno de los owaysiyyu invisibles -Gunayd, Du n-Nun al-Misri o Hallah-. La tercera recibida en Mossul en 1205, es khadiriya. Esta investidura es el símbolo de la entrada en el gremio del aprendizaje iniciático y es el medio por el cual el maestro opera una transformación inmediata en su discípulo. Según las propias palabras del Maestro Ibn Arabi: "A partir de entonces, sostengo (la validez y el carácter operativo de) la investidura por medio de la hirqa y he revestido con ella a varias personas, pues constaté que Khadir [el Verdeante] la tenía en gran consideración (…)”. Los maestros de los estados espirituales tienen costumbre, cuando constatan en alguno de sus discípulos alguna imperfección y desean perfeccionar su estado, de reunirse a solas con dicho discípulo. Entonces el maestro toma la vestidura que lleve puesta, en el estado espiritual en que él se halla en tal momento, se la quita y luego se la pone al discípulo que quiere conducir a la perfección. Lo estrecha a continuación contra sí y el estado del maestro se expande en su discípulo, el cual alcanza de tal forma la perfección que anhela. Esa es la vestidura como la han transmitido los maestros. La cuarta investidura fue donde el mismo Al-Khadir revistió con ella a Ibn Arabi.

La presencia de Ibn Arabi se ha manifestado a lo largo de siete siglos y medio que han pasado desde su muerte, y muchos de sus discípulos han tenido encuentros póstumos con él, en los cuales les prodigo consejos, advertencias, exhortaciones, visiones y les abrió el entendimiento metafísico que luego quedó consignado en sus escritos. El, como owaysiyyu tiene la facultad de proseguir, si es necesario, su magisterio espiritual post mortem, y llevar hasta su término el compromiso que adquirió con sus discípulos en el momento de la adhesión iniciática. La muerte no pone trabas a la capacidad de conducir al murid que lo merece a la iluminación suprema. Y gracias a estos encuentros sublimes con sus seguidores la obra de Ibn Arabi se divulgó en tierras orientales del mundo musulmán con sus discípulos Sadruddin Qunyawi (1207-1274) quien fuera amigo íntimo de Rumi, fundador de la tariqa Mewlana. 

En manos de Sadruddin Qunyawi quedó el legado de Ibn Arabi y este Maestro atrajo a un grupo de discípulos muy influyentes de Konia. También siguieron las enseñanzas de Abenarabi, Mu’ayyad ad-Din Gandi (1273-1331), Kasani (1335), Qaysary (1331), Shaykh Gabarti, Abdalkarim Gili (1428), Gami (1492), Qusani (1661), Abdalgani al-Nabulusi (1731), Murtada az-Sabidi (1790) y Abdarqadir al-Gazairi (siglo XIX), entre otros. Todos ellos forman parte de la silsila llamada “Hyrqa akbariyya” que inaugura Ibn Arabi y que se ha extendido en Irán, Yemen, Siria, Asia Menor y que conforme pasa el tiempo se va multiplicando y diversificando poco a poco por Oriente y también por Occidente. Ibn Arabi, como otros tantos maestros descritos en estos artículos sobre el linaje espiritual, custodia y repara las ciencias espirituales y su larga vigilia no cesará nada hasta el amanecer del día eterno, cuando los últimos soñadores saldrán para siempre de su último sueño. Sólo hasta los años recientes, se está estudiando la influencia del sheikh en los países históricamente no musulmanes. Miguel Asin Palacios, pionero europeo en este campo, propuso en los años 20, que Dante Alighiere se había inspirado en las obras de Ibn Arabi y otras fuentes islámicas, para concebir la “Divina Comedia”. De hecho Dante Alighieri, fue dignatario de dos organizaciones iniciáticas templarias, que según se ha descubierto copiaron exactamente la simbólica, la metafísicas y el ritualismo de una tariqa sufí.

Ibn Arabi expresó la enseñanza y las instituciones de muchas generaciones de sufís que le precedieron. Durante su vida contactó a más de 70 Maestros de la mística islámica, muchos de ellos discípulos de santos desencarnados y asociados a sus silsilas o turuq  específicas. Consignó por escrito, por primera vez y de una forma sistemática y detallada el vasto fondo de la experiencia sufí y la tradición oral. Dejó un resumen completo de la herencia esotérica del Islam, tanto para la cultura musulmana en decadencia, como para todo buscador espiritual. Se dice por esto que fue el último Sello de la Santidad, el último que recibió las enseñanzas no manifestadas de la Vía. Fue nombrado el vivificador porque explicó el significado espiritual e interior de la religión y los ilumino con su conocimiento. Las enseñanzas de dos grandes Maestros, uno que influenció en el sufismo occidental y el otro en el oriental, fueron incorporadas a las obras de Ibn Arabi. El primero fue Abu Madyan y el segundo, Abd al-Qadir al-Yilani  padre de la orden sufi Qadiriyya.

Abu Madyan (1126-1198) fue llamado Maestro de los Maestros (Sayj al-Suyuj), debido a que enseñó a innumerables discípulos que se convirtieron posteriormente en los líderes de las cofradías, que aún en su época no estaban organizadas. Abu Madyan también recibió los nombres de imán de los ascetas y los piadosos, polo de los gnósticos, guía de los itinerantes, lengua e intérprete de la vía sufí en la tierra del Magred. Fue amigo de Dios –wali-, alguien que expresó y manifestó una presencia espiritual en su época –qutb- y, un supremo auxiliador –ghawt-, pues vivió desde Dios para los demás. Nació al nordeste de Sevilla y quedo huérfano a edad muy temprana: Desde niño se emocionaba cuando alguien rezaba o recitaba el Corán. Ante este anhelo escapó de su familia, viajó al Magred y en la ciudad de Fez, se unió a la mezquita universal donde aprendió a hacer la purificación, el rezo y se sentó con los especialistas en los dichos del profeta. En esta ciudad recibió sus enseñanzas del sufismo por tres vías distintas. Una por medio del shaykh Jalf al-Qurasi, discípulo cercano de ibn Al-Arif, quien tenía conexión con la Cadena Madre, que llega hasta el Profeta Mohammed. La otra por su Maestro Abu Ya’za Yalunar ibn Maymun al-Dukkali cuya filiación mística se remonta a la Escuela Bagdali del Maestro sufí Abol Hosein Nuri. Con el Sheikh Abu Ya’za se despojó de su apego al ego y al mundo y alcanzó la perfección. Conoció en persona a Abd al-Qadir al-Yilani, fundador de la orden Qadiriyya e iniciado también de la Cadena Madre, origen de la mayoría de las órdenes actuales y él le entregó la prenda del sufismo, le reveló muchos secretos y le adornó con la vestimenta de su iluminación.

Luego de su formación esotérica y exotérica en Fez, viajó a la ciudad de Bugía cuna de un gran esplendor científico y literario. Allí conoció a los Maestros líderes de las Escuelas de Sevilla y Almeria que llegaron provenientes de España, una vez que la Península fue tomada por los cristianos. Se interesó por las enseñanzas de la Escuela de Almería, cuyo Shaikh principal era Ibn Al-Arif y se unió al círculo de Abu al-Hasan Ibn Galib. En esta ciudad Abu Madyan revolucionó el sufismo del Magred e inició un proceso para la fundación de una nueva escuela, la magrebí, con sus características especiales, que se unió a las de Yoneidi y Bastami o de Mesopotamia y de Asia Central. 


Abu Madyan se convirtió en un Eje espiritual o qutb de su epóca en la medida en que sus enseñanzas sobre los temas doctrinales, metodológicos y éticos influirían, siglos después de su muerte, sobre  el sufismo en el Islam Occidental en general y en especial en las enseñanzas de los maestros espirituales magrebíes posteriores. Abu Madyan tuvo muchos discípulos y mil de ellos llegaron a ser íntimos de Dios. Uno de sus sucesores fue Abdollah Yafe’i, sheikh de Shah Nematollah, fundador de la orden sufí Nematollahi. Otros, llamado Ibn Masis, fue Sheikh de Abu al-Hasan al-Sadili, fundador de la tariqa sadiliyya. Con Abu Madyan se unen la vertiente sufí de oriente con la de occidente y gracias a esto nació, en la costa atlántica de Marruecos en 1140, la orden Sanhayiya que seguía la doctrina de la caballería islámica reforzada por este insigne Maestro. Y aunque el sufismo en Occidente ya se había posesionado antes del nacimiento de Abu Madyan, fue con él que la Cadena Madre comenzó a dejar una mayor huella, propagándose a lo largo de maestros de diversas etnias, llegó a tierras de Egipto con uno de sus discípulos y se difundió con mayor fuerza por todo  Irán.



En las obras de Ibn Arabi, las referencias de Abu Madyan son muy numerosos, más que las de otros sheikh. Abu Madyan resaltó la práctica sufí de la moraqebah –meditación- en la cual el sufí está atento a todo aquello que pasa por su consciencia. El doctor Nurkhbash, Maestro de la Orden Nematollahi, lo explica así: “Para el sufí, moraqebah es guardarse, tanto interior como exteriormente, de todo lo que no es Dios, y concentrarse plenamente en El”. El pobre –faqir- resaltó Abu Madyan es aquel que se aplica de todo corazón a rendirse a la voluntad de Dios, y el sufí, no es aquel que solo se conforma con la mera observancia de las reglas o con la progresión en la etapas. El sufí ha desarrollado profundidad de corazón, generosidad de alma y no es un asceta apartado del mundo, sino más bien alguien que forma parte integral de su entorno social. En compañía de los demás mantiene una vigilancia constante sobre su propio comportamiento y sobre las actuaciones de los que lo rodean. Enfatizó tanto la disciplina y el ascetismo como la sinceridad y afirmaba continuamente “Los sinceros son escasos entre los virtuosos”. Finalmente se le llegó a conocer como el amigo de Dios debido a su gran carisma que le permitió reunir en torno a sí a miles de discípulos, tantos que las autoridades temían un levantamiento militar contra ellos.

Las obras de Ibn Arabi también rebosaron con las enseñanzas de Abdul Qadir al-Yilani (1077-1166), persa de nacimiento y cuyos padres eran descendientes del Profeta. Respecto de la influencia del sheij al-Yilani, más allá de la continuidad histórica e institucional de su enseñanza a través de la Qadiriya en sus diversas ramas, cabe mencionar un relato referido a la relación entre Abdal-Qadir al-Yilani e Ibn Arabi. Se cuenta que antes de que el gran Sheikh Ibn Arabi naciera, su padre, que no había concebido hijos aún, deseaba fervientemente tener un hijo varón y temía morir sin haber cumplido su sueño. Razón por la cual viajó desde Andalucía hasta Bagdad para visitar al Sheikh al-Yilani, quien era muy famoso por su sabiduría y sus sanaciones. Llegado allí, en un primer momento, el sabio de Bagdad le dijo que de acuerdo al destino él no podía tener hijos varones. Pero, luego, y ante la insistente demanda de ayuda de parte del hombre, el sheikh le dijo que esperara. Y finalmente el gran santo le aclaró que si bien conforme al destino no podía tener un hijo, no había impedimento para que él le trasfiriera su propia aptitud para tenerlo. Se cuenta que, entonces, los dos hombres juntaron sus cuerpos espalda con espalda y el santo le transmitió al otro su aptitud gracia a la cual, al volver a su tierra éste tuvo a su hijo, el ser que se convertiría en el más grande maestro de la gnosis islámicas el Sheikh Al-Akbar, Muhyiddin Ibn Arabi.


Abdul Qadir al-Yilani fue conocido como uno de los cuatro qubt y luego de su preparación básica en su pueblo natal, viajó a los 18 años de edad, a Bagdad donde estudió la ley islámica y la teología, porque tenía un deseo ardiente por aprender. Su madre, luego de muchas suplicas, comprendió que su hijo quería complacer a Allah y no a ella, y le regaló 40 monedas de oro haciéndole la advertencia de que nunca mintiera y siguiera el sendero recto. En el camino su caravana fue asaltada y gracias a su sinceridad, pues no negó que llevaba unas cuantas monedas, los ladrones se arrepintieron de robarlo a él y a todos los demás. El jefe de los asaltantes viendo la fidelidad del muchacho a Allah y no al dinero, comenzó a llorar y a golpear su frente con arrepentimiento, afirmando que había roto la promesa hecha a Dios y por mucho tiempo había sido seguidor del diablo. Estando en Bagdad, Abdul Qadir al-Yilani conoció a su primer sheikh Hammad inb Muslim al-Dabbas, que pertenecía a la tariqa del shaij al-Mubarak Said, uno de los santos de la silsila de oro del Sufismo y con él quedó incluido en la lista de los Maestros con filiación directa al Profeta Muhammad. La lista de Maestros de la Cadena de Oro Sheikh es la siguiente:



Cuando terminó de estudiar se retiró varias veces al desierto para meditar y luchar contra su ego. Allí tuvo un encuentro con Al-Khadir y luego con el Profeta Mohammad y con Ali, quienes le otorgan el don de la sabiduría, de la erudición y un magnetismo que dejaba perplejo a todo aquel que lo veía o escuchaba; llegó incluso, con sus discursos, a llevar a muchos al éxtasis divino. En esa época Bagdad era el centro del mundo musulmán, una gran ciudad en la que imperaban la corrupción y donde mucha gente se había apartado del Camino del Islam. Los sabios no eran respetados, y la Sunna –costumbres del Profeta– fue abandonada. Hacía falta un reformador y renovador y ese Muyaddid iba a ser Shaij Abd al-Qadir. Sus mensajes tenían como ejes fundamentales el abandono de las cosas superficiales de la vida, que es consecuencia del amor por las riquezas, por el propio ego, el orgullo, la arbitrariedad y la hipocresía, para volver a la autenticidad del Islam mediante una vinculación intensa con el Corán y la Sunna. Con el tiempo, muchas personas, atraídas por su sabiduría, su ascetismo, su humildad y su sinceridad comenzaron a  practicar sus consejos. Muchos de los cristianos y los judíos de la ciudad se hicieron musulmanes de su mano. Se le atribuyen una gran cantidad de prodigios y todos ellos como ejemplo para mostrar la grandeza que conlleva la intimidad con Allah y el dejar de estar en la estrechez y el empequeñecimiento, como consecuencia de vivir en el mar de tribulaciones del egoísmo y las bajas pasiones. Cuentan que al tiempo que daba sus sermones comenzó a dar giros con música repitiendo los nombres divinos –sema- y esto provocó la ira de los fundamentalistas, quienes decidieron matarlo por violar la ley islámica. Les propuso que lo hicieran cuando bailara y estando lleno de amor divino, los golpes de hacha dados por sus agresores no pudieron hacerle daño alguno.  

Abdul Qadir al-Yilani fundó la cofradia Qadiriyya y fue, según los historiadores, la primera escuela sufi con estructura colectiva de carácter sufí. La tariqa fue sistematizada después por sus tres hijos, quienes ayudaron a su rápida expansión y dos de sus discipulos la introdujeron en Al-Andalus y luego en el Magred. Otros la levaron hasta Siria, Anatolia y Yemen, y comerciantes árabes la llevaron hasta Volga y Turquestán. Luego se implantó en Kurdistán, Sudán, India, Bangladesh, Afganistán, Azerbaiyán, Irán, los Balcanes, Indonesia y el norte y occidente de Africa. Se unió en el siglo  XIX, con la cofradía fundada por su primo Ahmed ar-Rifai (1119-1183) de origen iraní, anunciado a un tío materno por el Profeta, quien le dijo que su sobrino sería conocido como Rifai y debía ser enviado al Sheikh Aleyyul Wasati para su entrenamiento y educación. Ahmed ar-Rifai desarrolló el don de la curación, mostró una gran compasión y amor, tanto a hombres como a animales. Cuando su familia le reprochó sobre su pérdida de tiempo cuidado a animales enfermos él les respondió: “Cuando muera y encuentre a mi creador ¿Qué habría dicho si no hubiera ayudado a una de sus criaturas?” Asimismo fue admirado por su caridad, paciencia y amabilidad. En el siglo XIX, dos santos Muhammed Ansari, un Maestro de alto rango de la Orden Rifai, y Abdullah Hashimi, de la Orden Qadiri, fueron guiados a juntar las enseñanzas de las dos turuq para formar un nueva tariqa relevante al mundo moderno. Tiene su sede en Estados Unidos, pero con grupos y miembros en todo el mundo y es conocida como la Senda de los Ayudantes ya que su enfoque es el servicio a Allah por medio del servicio a toda la humanidad. Tiene ramificaciones en Afganistán, India, Bangladés, Turquía, los Balcanes, China y Marruecos.




  
El punto de partida del Sheikh Ibn Arabi fue el Uno y el Unico, la existencia Absoluta más allá de toda calificación. Afirmo que la situación del hombre es única, porque aunque sea la única cosa creada que se siente separada de la Realidad, solo él puede conscientemente llegar a conocer su unión con ella. La realidad del hombre es que el resume y sintetiza toda la creación combinando en él todos los nombres y relaciones y, a la vez, es la Imagen de Dios como objeto singular de amor. La facultad de llegar a la perfección aparece en potencia en todo ser humano a causa de su propia naturaleza esencial; que triunfe o no en ella, únicamente depende de la voluntad de Dios. La sabiduría concedida por Allah no depende de especulaciones intelectuales sino, como lo dijo Ibn Arabi, por el conocimiento directo de Aquel que nunca muere. El Corán lo señala de la siguiente forma: “Dios otorga la sabiduría a quien quiere y, cuando la otorga, es un gran bien el que hace”. Para alguien que quiere seguir el camino de la fe, la esperanza y el amor y desee llegar a ser completo y perfecto, el Gran Sheikh escribió el “Libro de lo esencialmente imprescindible para el discípulo”.

El autor y filósofo turco Mahmud erol Kidic, afirmó que el Unico, atendiendo a sus respectivas necesidades y a un principio de gradación, creó sus formas y les dio su aliento. La Creación, como se ha podido concluir a través del estudio de las corrientes místicas, va desde la unidad a la multiplicidad, de lo sublime a los estratos inferiores, de lo interior a lo exterior, de lo sutil a lo denso. Dios obra de continuo en la creación, al tiempo que su aliento se propaga, se manifiesta en los lugares de descenso en el universo. La anterior conclusión se entiende con la frase coránica: “El tiene una configuración diferente cada momento”. El aliento del Misericordioso es específico para cada género, especie e individuo concretos; por ello la forma, el espíritu y la asistencia divina son necesarios para el universo. La multiplicidad y la diferenciación constituyen la esencia del mundo creado, sin que nada en el, espiritual ni material, escape a esta norma. De igual manera en el mundo creado existen diferentes grados de conocimiento y también diferentes grados de conocedores. Algunos versículos del Corán o dichos del profeta lo enfatizan. En cierta ocasión, el Profeta advirtió a sus compañeros: “Si conocieses lo que yo, lloraríais mucho y reiríais poco” lo que implica que su nivel de conocimiento difería del de sus compañeros. Ibn Arabi al repecto dice: “Juicios distintos son consecuencia de diferentes estados del espíritu” y para que los juicios no sean malinterpretados, es necesario disponer de un marco metafísico que permita a todas las piezas encajar en su lugar. Un marco, que para uno de los más grandes Maestros espirituales de la humanidad, sólo se adquiere mediante la develación divina que es captada a través de cualquier vertiente religiosa. En sus escritos diferencia entre el vulgo, los elegidos y los elegidos de los elegidos. El musulmán común ocupa la primera categoría; teólogos, filósofos y ulemas -eruditos del Islam-, la segunda y, la tercera, está reservada al sufí muhhaqqiq -aquel que realiza la Verdad-, o en otras palabras, aquel en que la Realidad ocupa Su lugar. El sufí muhhaqqiq sigue la senda de los Profetas, en tanto que el filósofo, confía en su capacidad racional para discutir sus reflexiones e inspiraciones.

De igual manera para el Vivificador de la religión Ibn Arabi, la sabiduría está ligada al conocimiento divino, el cual se ha manifestado en los Libros revelados, a través de los Profetas y por medio de los sabios. Considera al hombre sabio aquel que surca el sendero de los Profetas, el que se dispone a disciplinar su ser inferior y a purificar su corazón con prácticas como el renunciamiento, el combate espiritual y la devoción, para recibir así la inspiración divina del reino celestial. El sabio no está cautivo del amor por este mundo, ni por las riquezas terrenales; se convierte en un guía en el Camino de Dios, pues disfruta de la visión espiritual de Allah, así como de la manifestación de su Sí mismo. Para Ibn Arabi hay cuatro niveles distintos en la religión: Sharia, Tariqa, Ma’rifa y Haqiqa. Las dos primeras son las vertientes exotéricas de la religión y las dos ultimas son su esencia misma. Con el exoterismo hay una diferencia abismal entre Dios y la creación. Un Dios perfecto, Absoluto e Infinito, enfrentado a una creación, imperfecta y finita. Un dualismo en el que las dos partes que lo conforman nuca se encuentran frente a frente. Y ese vacío solo es llenado por la revelación ya sea profética, escritural o por medio de los santos.

Entonces, para Ibn Arabi, la religión es un camino iniciático desde los niveles externos a los internos. En cada nivel se deben completar algunos requisitos, pero éstos sólo deben ser considerados instrumentos o medios, ya que el fin último es únicamente Allah, tal como lo dice el maestro: “Mantén siempre tus propósitos cercanos a Dios con la seguridad de que Dios te librará de la situación en que te encuentras merced a los medios más pertinentes a tu persona que te ofrezca tu Religión”. En el nivel de la sharia, se repite constantemente la afirmación de la unidad mediante la oración, se hace abstinencia de comida, emociones y conceptualizaciones, se realiza la peregrinación a la Ka’aba, aunque no necesariamente en sentido literal, sino mediante el estado abierto y rendido de un peregrino que se acerca al corazón secreto de la humanidad, en donde se esconde el diamante de la esencia divina. Por lo último, se potencia el amor y el afecto del corazón, mediante la Misericordia y la Compasión. Cuando se alcanza el nivel del amor de Dios los actos serán purificados, las facultades interiores y exteriores relucirán, las palabras se harán perfectas, las bendiciones de la gracia divina colmarán al aspirante, y sin duda, será guardado y amparado por la protección divina en cada uno de sus actos. Este nivel, cuyo protector es el Amado Moisés, lo definió el Arcangel Gabriel como: “Sirve a Dios como si lo vieras, pues si tu no lo ves, él si te ve”.

La segunda etapa, la tariqa, en poder del Amado Jesús, es la vía de purificación de la conciencia, mediante el ascenso por un sendero escarpado en espiral, a través de siete niveles de conciencia, los cuales disipan las inclinaciones del ego, hacia las riquezas, el poder, el éxito y el olvido de Allah. El ego tiene de manera innata como naturaleza, la debilidad propia de la tierra y el polvo; la avaricia propia del barro primordial; el apetito propio del cieno; y la ignorancia propia de la arcilla. De esa naturaleza cuádruple se derivan cuatro comportamientos: la búsqueda de dominio (arrogancia, amor propio, receptividad ante la adulación), la actuación demoníaca (engaño, argucia, envidia); la naturaleza animal (amor a la comida y a la bebida, la incontinencia sexual), y la bajeza de los esclavos (miedo, bajeza). Así que el ego o Nafs es el origen de todas las acciones contrarias a lo que Allah quiere del ser humano. Es de vital importancia domesticar al Nafs y llevarlo por sus siete grados hasta que alcance la plenitud. 

Los niveles son: Nafsi Ammara o ego imperante, plagado de ignorancia y quien desconoce su existencia por la existencia de Allah. Nafsi Lawwama o Ego censurante, que procede a escuchar la voz de su conciencia y trata de resistirse a los deseos carnales; Nafsi Mulhima o ego inspirador, que comienza a recibir instrucciones directas a través de inspiraciones de su Señor; Nafsi Mutmaina o ego calmado, el comienzo de la libertad de las auto indulgencias y del estado de paz y tranquilidad que despiertan piedad y obediencia a su Señor; Nafsi Radiyya o ego satisfactorio, que acepta todo lo que le sucede sin resentimiento ni dolor, cuando lo bueno y lo malo es lo mismo para él y está satisfecho con su parte; Nafsi Mardiyya o ego admitido que asume los Atributos Divinos dejando su materialidad y Nafsi Safiyya o ego perfecto, cuando llega a la pureza de la perfecta armonía.

Todos esos estados se establecen con la disciplina, la atención y el esfuerzo, por eso dice drásticamente en el Corán: “Volveos hacia Allah y mataos”. Ese trabajo es realizado en presencia de un Maestro, capaz de advertir lo que se le escapa al aspirante, que se apresura a creer en la victoria cuando aún le queda mucho camino que recorrer. La ausencia del ego deja un vacío y el aspirante se hace pobre –faqir-, sin nada, sin ninguna maldad, puro, listo para contemplar los secretos de Allah, los Misterios de su Unidad envolvente, ganando su protección y misericordia. Para entrar en la Presencia del Rey se deben adoptar algunas medidas: la ruptura con las costumbres y contrariar al nafs, que en palabras de Al-Yilami dice: “La realización de la sujeción a Allah consiste en que tú mismo seas tu contrincante. Esa querella es el camino en el que se hará verdadera tu sujeción a Allah”. De igual manera se quiebra el ego con cuatro pilares que son: el hambre, el silencio, el insomnio y el retiro. Al-Yilani dijo al respecto: “El peregrino sincero sólo come cuando tiene hambre, no duerme más que cuando es vencido por el sueño, dice lo estrictamente necesario y se retira apartándose primero de sí mismo y después de los hombres, y después del mundo, y después del Otro Mundo, y al final se queda a solas con Allah”. 

La vigilancia constante y el ajuste de cuentas son otros dos pilares a considerar. El ajuste de cuentas es un medio de constante prevención que consiste en una auto recriminación regular que mantenga la tensión del esfuerzo.  Afirmo el Profeta: “Pedios cuentas a vosotros mismos antes de que os las pidan”. Con ella, se protege y preserva la voluntad para que no se diluya la fuerza de la aspiración inicial. En la práctica, consiste en no apresurarse. Antes de realizar cualquier acto, es necesario darse tiempo para una reflexión que busque el acierto, corrigiendo antes la intención, teniendo en cuenta las enseñanzas de la Ley al respecto, evitando las trampas del egoísmo, etc. La vigilancia es contraria al descuido, la desidia, la dejadez, el abandono, las prisas y la inconciencia. La vigilancia, es tener presente siempre que Allah está al tanto de nosotros, que su Conocimiento nos abarca y su Ojo nos ve en todo momento. Quien presiente ese peso sobre su existencia corrige todos sus actos y no deja espacio a su frivolidad, ni a su inconsistencia, ni a su maldad. La vigilancia genera un pudor, que es contraria a gestos fingidos, hipocresía o gérmenes de soberbia y autosuficiencia. Finalmente está la constancia que consiste en saber que el objetivo es siempre Allah, y por ello no tiene techo ni límite. Así que el  peregrino sincero no ceja en el empeño y siempre está limando su ser, haciéndolo cada vez más trasparente. No se deja engañar por sus éxitos, no presta atención a la adulación, no se apodera de él la peor de las arrogancias, sino que avanza hacia Allah, constantemente, y cada una de sus respiraciones es un paso hacia delante. El Imam al-Yilani dijo: “No levantes de sobre tu ego el bastón de la constancia. Con ella en la disciplina, se abrirá el ojo de tu ego y su lengua callará, desaparecerá su estupidez y se desvanecerá su ignorancia. Nada de esto es el resultado de un Esfuerzo que dura una hora, sino que es el producto de una hora tras una hora, tras un día que viene después de otro, tras un año que sigue a otro”. Todo el esfuerzo culmina en la humildad, que es la verdad de cuanto existe. Ante Allah, todo es nada, y reconocer la propia pequeñez es el modo de estar vacío ante el Único. Los malâmatíes, que son los sufíes más rigurosos en la práctica de la humildad, son tenidos como modelos en la censura del ego propio hasta su completa extinción, lo que hace de ellos, según Ibn Arabi, ‘los mejores de la creación’, pues en un hadiz el Profeta dijo: “Allah alza a quien se muestra humilde”.

Ma’rifa,en poder del Profeta Muhammad, es el conocimiento de la esencia de las cosas que se alcanza cuando el corazón se purifica y bebe directamente de la Fuente de la Liberalidad. Este nivel está permeado por el amor y eso lo diferencia del conocimiento racional, alcanzado a través el esfuerzo, el estudio y del entendimiento. El amor es el fruto del intenso combate espiritual y la transformación del espíritu, lo que permite a Allah recompensar con otras formas de saber. Sólo tiene lugar cuando han sido suprimidos todos los impedimentos: las ocupaciones, las dependencias y todas las enfermedades de animo que enturbian el corazón que no le permiten ser receptivos a Allah; es decir cuando el ego se ha diluido y se está en estado faqir. La ma’rifa convierte al Ser en un wali, amigo de Allah, porque ha intimado con El y en un arif billah, en un sabio, un conocedor con Allah, cuya sabiduría se manifiesta mediante cinco formas diferentes: perspicacia -telepatía-, inspiración, interpretación –sueños, realidades, señales, inspiraciones-, contemplación y revelación de secretos. En el libro el “Núcleo del Núcleo” de Ismail Hakki Bursevi, un comentario al libro de la Unidad de Ibn Arabi, el autor expresa que para que un hombre llegue al estado de ma´rifa, tiene que buscar su propio origen, como el versículo coránico lo dice: “Busca los medios que te llevarán a él”. El medio es el conocimiento de Sí Mismo, ídem a la sadhana que aconseja el vedantista advaita. La razón de la venida a este mundo, la explica el siguiente hadith: “Yo era un tesoro escondido y quería que se me conociese y, para que se me conociese, hice la creación” Es decir, para conocer a Dios uno se debe conocer antes a Sí Mismo y lo afirma el hadith: “El que se conoce a Sí mismo conoce a su Señor”. 

Llegar al conocimiento se Sí Mismo requiere también de siete formas: la primera se llama etapa de progreso y en ella se comprende que existe un Espíritu dentro de la personalidad. La segunda forma es mirar al horizonte y descubrir al Espíritu Universal que envuelve todo lo que existe, está presente y al mando. La tercera forma es cuando se advierte que el espíritu parcial no tiene existencia y está absorbido en el Espíritu Total y la inteligencia es la Inteligencia Total, apartando de sí todo lo que se  puede llamar parcial. Se entiende que todo está ligado a lo Total. En la cuarta forma sigue avanzando y descubre que el Espíritu Total desaparece en la Aseidad –No existencia- de Dios y se libera tanto de los parciales como de los totales –rompe con el dualismo-. Todo lo verá asimilado a los actos de Dios, todos los nombres y cualidades asimilados en el Nombre y Cualidad de Dios, todas las aseidades asimiladas en la aseidad de Dios, y los verá sin existencia. Alcanzará lo que se conoce como proximidad por el Conocimiento y proximidad por la Verdad y habrá llegado a la etapa de pleno testimonio. Entenderá a plenitud el significado de la frase coránica que dice: “¿Hoy a quién pertenece todo? A Dios el Omnipotente, Unico y Completo”. Sabrá con certeza que en esencia, no hay más Dios que Dios. La forma quinta es la etapa en que ve y observa las anteriores y la persona que la alcanza se le llama Hijo del Tiempo. 


La sexta etapa convierta al ser es un espejo para todo. Quien está aquí no encuentra en su ruta más que a sí mismo. Dice: “Bajo mi manto sólo está Dios. ¿Habrá en los dos mundos alguien más que yo? O sea, es un espejo para todo y todo se refleja en él. Quizá sea también el brillo del espejo y lo que se refleja. Se le suele llamar Padre del Tiempo. En la séptima forma está completamente anulado como individuo. Ha alcanzado plena y simplemente la no existencia y desde ahora alcanza la subsistencia en la subsistencia. A partir de ahí, no se haya en ninguna etapa ni en ningún estado. 


Cuando ha llegado a este estado está en el universo de la Soledad y la Colectividad. Si necesita separarse de aquí se adorna con una Existencia Divina pero ya no está atado a ninguna ley, regla o creencia. Esa existencia será Existencia Unica, Unica Alma y Unico Cuerpo, no separada ni Individualizada y que vive en cada corazón que palpita, en cada oído que escucha y en cada cuerpo que vive... 




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